lunes, 1 de febrero de 2016

Que se lleven a Cervantes a Londres


Mejor le iría al pobre, después de todo. Que España siempre ha sido un país único para casi cualquier aspecto de la vida es algo que todos sabemos reconocer. Aquí se le tocan las palmas al tunante y al borrego; al Lazarillo y al estafador; al que roba al pueblo, al que no se lo devuelve y al que se lo esconde. En este país nuestro, cualquier persona comprometida, luchadora y que intente destacar en su parcela con trabajo, dedicación y esfuerzo, es siempre sepultada por una catarata de injurias y envidias, primer deporte rey de este putiferio de país mucho antes del fútbol. Estamos siempre tan avergonzados de nuestra historia que a cualquiera al que le guste estudiar, leer y aprender sobre sus cimientos, de sus raíces, se le cataloga con rapidez de facha, fascista y retrógrado. Bien es cierto que durante la dictadura se llevó a cabo por parte del régimen una explotación perversa de nuestra historia, bandera y símbolos, que provocó, al igual que en el famoso experimento de los perros de Pavlov, que a muchos se les indigeste la contemplación de cualquiera de ellos. Pero de aquello han pasado casi cuarenta años y, aunque la dictadura es algo que no se puede olvidar, creo que si es momento de pasar página. No podemos seguir, tirados en el lodo, con el famoso "y tú más"(que conste en acta que esto lo dice alguien con combatientes en su familia de los dos bandos). 
 Yo me considero un tipo raro. Ciertos aspectos de mi vida me llevan a pensar en que soy un tipo de izquierdas. Me gustaría un país que piense en el bien común, que ayude a los más necesitados y en el que la clase política se preocupe más por su pueblo. Un país en la que sanidad, la educación y cultura deberían ser la prioridad nacional por delante del fútbol, el gran hermano y la corrupción. Un país que se gaste menos dinero en iglesias y bancos y más en crear riqueza y generar empatía con sus ciudadanos, ayudándolos de verdad. En cambio, en otros aspectos, parece ser que soy un tipo de derechas. Me encanta nuestra impresionante historia (si los americanos tuviesen una cuarta parte de la misma tendríamos libros y novelas para varías décadas), me encanta lo justo, que se premie el esfuerzo y no me gustan los caraduras, ladrones y sinvergüenzas. Odio las injusticias y creo que a determinados asesinos de niños, de mujeres y violadores no se deberían aplicar las mismas doctrinas que para el resto. Echo de menos, en definitiva, más justicia de verdad. Veo los homenajes que en Inglaterra se le perfilan a Shakespeare y no puedo sino derramar una lágrima. Cervantes cumple los mismos años de fenecido que el famoso escritor inglés y, mientras en su país se le rinden tributos por engrandecer su lengua y su obra aquí, después de casi dos años, todavía no se ha dado sepultura decente a sus restos. Después de siglos de historia, de ser el primer país para muchas cosas y de ser durante siglos el centro del mundo, somos el hermano débil, acomplejado y tristón con el que nadie quiere jugar. Ahí estamos, en una esquina, avergonzados de lo fuimos, de lo que somos y de lo que jamás llegaremos a ser. En este artículo muchos me tacharán de facha y otros de comunista con pretensiones. Pero sinceramente creo que no soy ninguna de las dos cosas. Sólo soy una persona que se siente orgulloso de su país aunque reconozca que este no es perfecto. Como dijo Bernardo de Gálvez a bordo su bergantín en la batalla de Pensacola aunque a veces piense que estoy "Yo sólo".