Inevitable (relato)

  El anciano se detuvo en silencio. Lo soltó todo en el césped y, con el cuidado que requerían sus años, se agachó delante de la lápida. Retiró las marchitas flores que se pudrían en el macetero y las cambió por unas preciosas rosas rojas. Luego, con delicadeza, abrió una gran bolsa de rafia de donde sacó un par de copas y una botella de champán que quedaron en el suelo junto a su viejo maletín de cuero negro. Colocó las copas en el borde de la losa de piedra, abrió el bote que contenía el dorado elixir y empezó a rellenarlas con mimo. Luego, con gesto solemne, cogió una de ellas y, después de hacerla tintinear con su hermana gemela, la vació en su garganta de un sólo trago. A continuación tomó la otra con delicadeza, la levantó en alto y con un golpe firme y seco de muñeca, lanzó con energía su contenido por detrás de su espalda. Lo cierto es que aquello me sorprendió bastante. Al parecer, aquel era un hombre algo supersticioso.
  Después de recoger el brindis y exactamente igual a cómo se saca un conejo de la chistera, un pequeño banco plegable se asomó desde la bolsa. Lo colocó frente a la fría piedra y descanso sobre el su fatigada anatomía. Sin darse un segundo de tregua abrió el maletín y se puso a toquetear algo en su interior. Tenía que reconocer que estaba muerta de curiosidad. El hombre se enderezó y segundos después salí de dudas. Los primeros compases de una conocida canción celta se empezaban a escuchar provenientes de aquella pequeña maleta de cuero. El anciano, sentado y con más ilusión que ritmo, intentaba imitar alguna suerte de baile típico escocés. Sonreí conmovida. ¿Quién era ese hombre y quién sería la persona que estaba en aquella tumba?.
  Diez minutos más tarde, la música se detuvo y el anciano volvió a guardarlo todo. Mientras lo hacia, empezó a charlar de manera animada. Se reía y, de vez en cuando, pasaba la yema de los dedos por las rugosas marcas inscritas en el mármol. Cada vez me sentía más intrigada por saber con quién hablaba aunque lo más probable es que estuviese como una auténtica regadera.
  Por último, se agachó, acercando su desdentada boca al frío mármol y le dio un largo beso. Luego se levantó, recogió la bolsa y el maletín con sus nudosas manos y se marchó con dificultad por el pedregoso camino. Esperé a que se perdiese por el callejón y luego, con profundo respeto, me acerqué a la tumba.
  -"Aquí yace Palmira Rodríguez Lázaro, amada esposa y cariñosa madre. 1947- 1985. Tu marido y tus hijos no te olvidan" – Leí en voz alta, compungida.
  Treinta años. Hacía treinta años que aquella mujer estaba descansando bajo tres metros de tierra y aquel viejo todavía no la había olvidado. Para que luego digan que el amor verdadero no existe. Una sombra se movió en mi espalda.
  -Esto es lo que hace el día cinco de cada mes, todos los meses del año y todos los años sin faltar uno desde que su mujer murió – escuchó decir a una potente voz que provenía de sus espaldas – Sebastian es increíble, ¿No crees? -
  Yo asentí distraída. Lo cierto es que estaba conmovida y eso en mi no era algo precisamente demasiado fácil de ver. Había visto muchas cosas en mi dilatada existencia pero esta ha sido, probablemente, una de las más especiales. Una fría lágrima rodó por mi mejilla.
  -Es un duro trabajo el tuyo, vieja amiga – volvió a decir la voz – Creo que es la hora. Ya sabes que hay que hacer.
  Suspiré unos instantes. A veces me odiaba con todo el alma. Me concentré y posé mis dedos sobre la áspera lápida de piedra. Poco después los recuerdos fueron aflorando en mi memoria. Una cama de hospital. Una mujer dando a luz. Algo sale mal y todo se va al traste. Por la ventanilla del paritorio, el rostro treinta años más joven de Sebastian, se baña en lágrimas. ¡Cómo odio a veces mi trabajo!. De repente, algo me sacó del trance. Número catorce de la calle Toledo, Quinto B. Con lentitud comencé a alejarme de la tumba y a dirigirme a la dirección que acaba de visualizar. Sería rápida e indolora, eso estaba claro. Aunque me daba mucha pena, yo no podía hacer nada más. Ordenes son órdenes y de no obedecerlas, el mundo se convertiría en un caos. Quien sabe si a lo mejor hasta se vuelven locos de alegría cuando se vuelvan a encontrar.

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