domingo, 8 de marzo de 2015

¡Me ha tocado la lotería!

Antes de que nadie me llame para saber la cuantía o que empiece a pensar si me va a pedir un préstamo o no, he de aclararos algo: la lotería que me ha tocado no pertenece a ningún sorteo de Loterías y apuestas del estado ni de la ONCE. No me he llevado el bote de Pasapalabra y tampoco me ha tocado el sueldo del Nescafé. He sido agraciado con otra cosa mucho más difícil de conseguir: una segunda oportunidad. Mi mujer estuvo a punto de fallecer en la tarde de ayer. Salía del trabajo desde el hospital y un desalmado se cruzó de carril sin mirar, lanzando su coche contra ella. Mi mujer reaccionó dando un volantazo y fue a estrellarse de manera violenta contra el quitamiedos. Cristales, humo, polvo, airbags que saltan y toda tu vida se detiene. Ella, a pesar de la importancia del impacto, salió bien parada del lance. Ya está en casa pero sus heridas y las nuestras (sobretodo las emocionales), irán cicatrizando poco a poco, con tiempo y paciencia. Ni que decir tiene que el desalmado no frenó. Ni tan siquiera se detuvo a mirar. Espero que fuese una urgencia o un despiste. ¿Qué mundo es este en el que alguien es capaz de provocar un desastre de tal magnitud y no se detiene a ayudar?. En fin, yo me quedo con toda la buena gente que si lo hizo. Lo que le pasó a ella nos puede pasar a cualquiera de nosotros, en cualquier momento. Nadie es inmune y nadie es indestructible. A toda esa buena gente sólo decir una cosa: gracias, gracias y gracias. También fue digno de elogio el papel de la guardia civil de tráfico. Acostumbrados siempre a navegar con mal tiempo, los agentes que se personaron me transmitieron tranquilidad y ánimo en todo momento. Fueron profesionales pero no fríos. Se comportaron no como agentes de la autoridad sino cómo seres humanos, indicándome en todo momento lo que hacer. Esta claro que hay manchas de sangre añejas que ensucian su uniforme pero creo que debemos empezar a ser más justos con ellos. Su labor no siempre es grata y no ha de ser fácil su trabajo. Muchas gracias.
Tengo a mi mujer de nuevo. Contra todo pronóstico, como aquel jugador que empata en el último minuto un partido y consigue llevar a su equipo a la prórroga, ahí está, sentada en el sofá, jugando con nuestros hijos, los cuales ni se imaginan lo cerca que han estado de perder a su madre. Podía estar ahora mismo sentado frente a un trozo de mármol frio. Como muchos otros lo han estado, lo están hoy y lo estarán mañana. Cómo nosotros mismos lo estaremos algún día. Y por eso escribo esto. No debes dejar nada pendiente para mañana. Disfruta con la gente que te quiere y ámalos sin reservas, sin miedos. Haz lo que te guste, aunque no sea rentable. Se honrado para que por las noches no necesites pastillas de esas que duermen conciencias. Salta, baila, corre, ríe y llora. Nadie te asegura que mañana tu o los tuyos vayáis a estar aquí. Así que aprovecha bien tu tiempo. No lo gastes con personas que no valen la pena ni en trabajos que no lo merecen. Es demasiado valioso. Todo esto son reflexiones que siempre he tenido claras gracias a mi trabajo. Trabajar a diario en un hospital viendo sufrir a los demás te deja impregnado de un aroma redentor. La muerte no es justa y suele aparecer cuando menos te lo esperas. Hay una frase que me encanta y de cuya autoría desconozco el autor y es la que sigue: "De la agonía de los muertos, los vivos aprendemos a luchar". No hay verdad más clara y rotunda. Y por ello doy gracias hoy a la muerte por pasar de largo, por no detenerse y por ir a por otro. Por no llevarse a mi ángel, aquel que me regaló dos niños preciosos y que es la luz que guía mi vida. Sin ella solo podría seguir sobrevivir, algo bastante distinto a vivir. La guadaña te pasó cerca, mi vida, pero ha seguido camino. Menos mal.
 No quería acabar este post sin dedicarle unas palabras a mi pequeño coche. No era el más caro ni el más lujoso pero era mi pequeño león. Era un Peugeot 206. Azul, para más señas. Fue el primer coche que compré y con él viví grandes momentos. Juntos aprendimos algunas lecciones de juventud. Llegamos juntos a la isla y estuvo conmigo miles de kilómetros, millones de momentos, instantes y fotografías. Con lluvia, calor y frio. Riendo y llorando en silencio. Y ayer, con casi doce años en sus fatigadas ruedas, funcionó a la perfección, sacando a pasear todos sus airbags para proteger a mi mujer. Y es que, mucho más allá del valor económico, nunca podré sustituir el valor sentimental. Se arrugó cómo un papel para proteger a la perfección su preciada carga. Aún a costa de su propia integridad. Cumpliste, amigo. Cómo siempre hiciste. Nunca te olvidaré. Te echare de menos y siempre serás, cómo le gusta decir a mi hijo, “mi pequeño león azul”. Gracias otra vez y ¡a vivir, que son días!.